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Corazón de Draenei: Preludio Parte 01

La gran patria de los Draeneis quedo atrás cuando Sargeras el Titan caído encontró el planeta y con promesas de poder puso bajo su control a gran parte de la población. Los exiliados a mando del gran Profeta Velen escaparon del planeta. Buscando un refugio de la caza de Kil’jaeden, se asentaron en planetas perdidos en el cosmos pero la Legión (el ejército demoníaco de Sargeras) siempre los encontraba.
Para proteger a la población se formaron todo tipo de organizaciones militares y religiosas que dieron su aporte al poder militar draenei.
Hacia meses que los draenei se asentaron en Murudar. Un planeta rodeado de selvas y bosques eternos, pero en la semanas recientes unas criaturas con forma de lagarto habían atacado los poblados y cada vez eran mas peligrosos.

Un enorme batallón de draeneis con armaduras gigantescas se acercaron al campamento de refugiados. Su líder iba armado con una espada gigantesca que parecía tener un rostro de alguna extraña criatura en ella, con una armadura de placas y pinchos en sus hombreras, el general Goliath entro a la tienda

-Es peor de lo que pensé  -dijo-
-Son un buen numero y seguro habrán mas en la oscuridad del bosque  -comento el comandante Brend-
-Enviaremos varios batallones al bosque para acorralarlos en su cueva, pero sera necesaria la ayuda de los Auchenai. Sus sacerdotes serán un apoyo importante para nuestros soldados -concluyo Goliath-
-Si  -tomo la palabra el teniente Azuk- pero aunque los Auchenai serán apoyo importante son muy reservados en sus estudios y sus templos. No se que plan tienes en mente.
-Goliath miro al teniente y luego se concentro en el pequeño mapa de la mesa-. Cada soldado tendrá su compañero Auchenai de soporte. Así nos aseguramos de repeler los ataques cuerpo a cuerpo y el sacerdote puede ser efectivo contra los enemigos que se acercan, sabemos que esas criaturas no pelean solas.  -el general entendió que todos habían captado su idea-. Brend avisa a la Vinculadora de almas Hasia que mañana necesitamos todos los sacerdotes posibles y que de ser posible que estén de buena gana  -concluyo con una sonrisa-
Acto seguido los dos draeneis abandonaron el campamento y el general miro hacia la entrada -puedes entrar hijo-. Un draenei se acomodo en la mesa junto al general. Era Ordnael, el único hijo del general Goliath, un draenei entrenando día a día para ser como su padre.

-Lamento haber escuchado, pero  pasaba cerca de la tienda… -Goliath levanto la mano para que se detuviera- No importa. De todos modos ya te ibas a enterar.
-¿Que sucede con los lagartos?  -pregunto Ordnael- ¿Son una amenaza?
-Por el momento no pero el Profeta ordena que se los contenga -dijo Goliath-
-¿En cuanto marcharemos? ¿dirigiere algún batallón? -pregunto ansioso Ordnael-.
-Para esta misión no hijo. Aunque no dudo de tus capacidades la Mano de Argus se encargara pero también participaras en representación mía.
Ordnael parpadeo

-¿No vas a dirigir la fuerza?.
-Aunque me gustaría hay cosas importantes que dirigir. Tanto los rangeri como los Sha’tar están concentrados en otras partes del mundo, aquí contamos con pocos efectivos y muchas de esas criaturas acechándonos. -Ordnael suspiro- por eso los Auchenai nos ayudaran.
Ordnael fruncio el ceño y su rostro tomo un tono de decepcion. Los guerreros eran curtidos en batalla y siempre contaban con otros guerreros de compañeros. Pero tenian varios mitos sobre los sacerdotes y aunque los respetaban por usar el poder de la Luz, preferia un guerrero a su lado.
-Entiendo. Todo sea por proteger a los inocentes. ¿Cuando partiremos?
El general volvió a mirar el mapa de la mesa y su mirada volvió al joven draenei
-Mañana mismo. Cada guerrero tendrá su compañero de apoyo
Ordnael miro a los ojos a su padre y pregunto
-¿Ya tengo compañero?-dijo y unas dudas aparecieron en su mente ¿tendré un poderoso sacerdote Auchenai curtido en batalla? la ideal le gusto y concluyo -Estoy ansioso por saber que fuerte camarada me acompañara-
El general Goliath respondió la pregunta del joven.
-No lo se hijo pero mañana a primera hora presentate aquí. No sabemos con cuantos sacerdotes contaremos y si llegas tarde es probable que termines sin compañero. Lo que determinaría que no podrás participar
Esas palabras le cayeron mal a Ordnael ¿perderse una batalla? ¿el? y ademas ¿por no tener compañero? no necesitaba uno. Se había enfrentado a algunos demonios y otras amenazas antes ¿que serian esos lagartos? pero dejo sus pensamientos y volvió al lugar
-Aquí estaré padre, mucha suerte- y acto seguido hizo una reverencia y se marcho.

El sol cálido de aquel planeta toco la ventana de la choza de Ordnael y lo despertó, aunque este lo ignoro en primera instancia rápidamente se incorporo sobre la cama, como si despertara de la peor pesadilla existente. Miro por la ventana y lanzo un frase casi sin ganas
-No puedes ser…-

Ni siquiera le dio tiempo para ponerse su armadura. Se puso una ropa algo formal y salio corriendo de la choza como si la propia Legión lo siguiera. No paro hasta llegar al campamento donde el día anterior su padre le había indicado que no llegara tarde.
Al traspasar las enormes puertas busco con desesperación a las tropas listas para marchar pero no vio a nadie. Solo a los mercaderes y ciudadanos de aquella alegre ciudad draenei. Busco y busco pero no veía a sus camaradas con espadas y escudos listos para la batalla.
Levanto la mirada hacia la salida de la ciudad y alcanzo a ver a duras penas como unos sacerdotes acompañados de guerreros y paladines la abandonaban -son ellos- pensó y la tristeza lo tomo. Se habían ido.

El draenei volvió al cuartel donde su padre residía, para buscarlo y preguntarle la situación actual. Cuando cruzo la puerta se choco con un draenei portador de un arma que el conocía bien, era la Vengadora de A’dal.

Un arma que fue dada por el propio Naaru a su padre. Ese día Ordnael perdió a su madre a manos de los demonios, cuando el tenia unos años menos.
El draenei se rió y lo ayudo a levantar
-Hijo pensé que llegarías mas temprano, todo el batallón se ha marchado-.
Ordnael lo miro apenado y casi con vergüenza.
-Lo siento padre no se que ha pasado, por favor dime que queda algún sacerdote para acompañarme. Tengo mis armas listas-pero recordó que la desesperación por llegar rápido lo habían echo olvidarse de ellas- bueno… no aquí pero regresare a buscarlas.
El general Goliath miro a su hijo con algo de pena
-Esos eran los sacerdotes aptos para la batalla, dudo que queden otros sino la Vinculadora de almas Hasia los mandaría aquí. Pero -al general se le vino una idea a la mente- porque no vas a consultarle si le queda algúno, ten -Goliath redacto una pequeña nota- dale esta nota. Dile que te manda el general, si te apresuras podrás partir ya mismo y alcázar al ejercito
La esperanza volvió al rostro de Ordnael que tomo la nota, hizo una reverencia y salio a toda prisa al templo de Tenai donde estudiaban los Auchenai.

El enorme templo se alzaba ante el. Tan imponente como la propia ciudad de Rangerai (donde residía el Profeta Velen) para estar asentados hace pocos meses se había creado un templo gigante y lleno de luz. En sus pasillos caminaban cientos de draeneis con túnicas y le sorprendió la poca cantidad de guardias que tenia la ciudad. Los estudiantes iban y venían y en las capillas habían sacerdotes orando.

Al estar acostumbrado a las armas, observo como los draeneis arrodillados meditaban con suma paz y tranquilidad. Como si al entrar en esa meditación olvidaran al mundo, se sumían en sus pensamientos con la Luz. Seguro aquí aprendían a solo comunicarse con la Luz y por ende eran tan reservados con los demás.
Vio una figura de una draenei mujer acercándose a el, contaba con una gran túnica roja y estaba acompañada por dos ancianos. La draenei con mirada fría lo miro
¿Que se te ofrece pequeño? -lo miro de pezuña a cabeza- pareces que no estudias por aquí
Ordnael tartamudeo a la primera palabra
-Soy…soy Ordnael, hijo del general Goliath. Traigo esta nota para usted
La vinculadora de almas Hasia lo miro y recibió la carta
Ordnael siguió
-Las fuerzas de mi padre y los Auchenai han marchado para pelear contra los lagartos-
Hasia no termino de leer la carta, parecía no importarle y le dijo en un tono seco
-¿Y cual es el problema entonces?-
Ordnael se sorprendió por el mal humor de esa draenei y contesto
-Necesito un sacerdote Auchenai que me acompañe así alcanzamos a las tropas. Debo tener  un compañero, de lo contrario no podre asistir a la campaña-
La vinculadora de almas le dio la carta a uno de los ancianos que la acompañaban y sin dudarlo dijo
-Los sacerdotes disponibles ya fueron enviados. No tengo nada para ti-. Y se preparo para seguir con sus actividades
Ordnael vio como la esperanza que tenia al llegar a la ciudad se desvaneció en un momento. No podía creerlo. La draenei ni siquiera lo saludo y siguió su camino. Pero Ordnael apretó el puño y la encaro
-Porfavor Vinculadora de almas esto es urgente, necesito su ayuda. Por favor le ruego que atienda mi pedido. Soy un guerrero y el honor de mi padre esta en juego en la misión- Ordnael lanzo una palabra sincera- Necesito su ayuda
La draenei suspiro y tras mirar a sus consejeros cedió
-Bien…-volvió a suspirar- Creo que puedo ayudarte, los sacerdotes expertos estan aquí por si las moscas pero tengo alguien que puede ayudarte.
Le entrego un pequeño rollo de papel al draenei que había recuperado la esperanza en su rostro
-Ve a la biblioteca y busca a Avuuna. Dile que te mando yo y cuéntale tu petición, si ella acepta podrás ir
¿Ella? se pregunto Ordnael. La esperanza desapareció por un momento
-¿Si ella acepta?- pregunto
-Si, al no tener sacerdotes disponibles puedes ir acompañado de un estudiante. Avuuna es mi aprendiz y seguro hará un buen trabajo, ve. -concluyo-
-Pero…-intento protestar Ordnael-
La vinculadoras de almas Hasia desapareció de la escena dejándolo solo
-Bueno -suspiro- acabemos con esto

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Un hombre de misterio y poder, cuyo poder es superado sólo por su misterio.

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Capítulo muesta español: World of Warcraft: Antes de la Tormenta

En BlizzCon nos fueron entregados un libro grapado con un par de páginas, yo personalmente pensé que era un folleto con productos para comprar o algo exclusivo en la tienda de Blizzard. Pero… ¿Cuál va siendo mi sorpresa? Es un capítulo de muestra del nuevo libro de World of Warcraft: Battle for Azeroth.

Sin duda esto pinta a que será una obra literaria que marcará la historia por mucho.

Por lo pronto, aquí dejamos la traducción directa del libro entregado en BlizzCon.

Kezzig Klackwhistle enderezó de donde había estado arrodillado por lo que pareció al menos una década, colocando sus manos grandes y verdes en la parte baja de la espalda y haciendo una mueca por el resultante cascada de COP. Se pasó la lengua por los labios secos y se giró, entrecerrando los ojos ante la cegadora luz del sol y secándose la calva con un pañuelo sudoroso. Aquí y allá había grupos de insectos apretadamente agrupados. Y por supuesto, la arena, en todas partes, y la mayor parte probablemente terminará dentro de su ropa interior. Como lo hizo ayer.
Hombre, Silithus era un lugar feo.
“¿Jixil?”, Le dijo a su compañero, que estaba analizando una roca suspendida con el Spect-o-Matic 4000.
“¿Sí?” El otro goblin miró la lectura, negó con la cabeza y volvió a intentarlo.
“Odio este lugar.”
“¿Ya sabes? ¿Huh? Habla bien de ti “. Deslumbrando a la pieza de equipo, el goblin más pequeño, squatter, lo golpeó con fuerza.
“Ja, ja, muy gracioso”, refunfuñó Kezzig. “No, lo digo en serio”.
Jixil suspiró, caminó hacia otra roca y comenzó a escanearla. “Todos odiamos este lugar, Kezzig”.
“No, realmente lo digo en serio. No estoy hecho para este ambiente. Solía ​​trabajar en Cuna del Invierno. Soy un goblin amante de la nieve, acurrucado por el fuego, holly-jolly como un goblin “.
Jixil le lanzó una mirada fulminante. “¿Qué pasó para traerte aquí, en lugar de quedarte allí, donde no me estabas molestando?”
Kezzig hizo una mueca, frotándose la parte posterior de su cuello. “La pequeña Srta. Lunnix Sprocketslip sucedió. Ver-yo estaba trabajando en su tienda de suministros para minería. Salía como guía para el visitante ocasional de nuestra acogedora pequeña aldea de Vista Eterna. Lunny y yo un poco … sí. “Sonrió nostálgicamente por un momento, luego frunció el ceño. “Luego se va y se le tuerce la nariz cuando me pilló merodeando por Gogo”.
“Gogo”, repitió Jixil en voz baja. “Caramba. Me pregunto por qué Lunnix se enfada contigo cuando te encuentras con una chica llamada GoGo.
“¡Lo sé! Dame un respiro. Hace frío allí arriba. Un hombre tiene que acurrucarse junto al fuego de vez en cuando o se congelará, ¿verdad? De todos modos, ese lugar de repente se puso más caliente que aquí al mediodía “.
Suspirando, Kezzig recogió el enorme paquete de equipo, lo colgó fácilmente sobre sus hombros, y lo arrastró hasta donde Jixil aún esperaba resultados positivos. Dejó caer el bulto a la tierra, y se escuchó el sonido de equipos delicados que chocaban peligrosamente uno contra el otro.
“Odio la arena”, continuó. “Odio el sol. Y oh chico, realmente odio los errores. Odio los bichitos, porque les gusta arrastrarte por las orejas y por la nariz. Odio los grandes errores porque, bueno, son grandes errores. Quiero decir, ¿quién no odia eso? Es una especie de odio universal. Pero mi odio particular arde con la luz de mil soles “.
“Pensé que odiabas los soles”.
“Lo hago, pero yo-”
Jixil de repente se puso rígido. Sus ojos magenta se agrandaron mientras miraba su Spect-o-Matic.
“Lo que quise decir fue-”
“¡Cállate, idiota!” Espetó Jixil. Ahora Kezzig estaba mirando el instrumento también.
Se estaba volviendo loco.
Su pequeña aguja volteó hacia adelante y hacia atrás. La pequeña luz y la parte superior mostraban un rojo urgente y emocionado.
Los dos goblins se miraron el uno al otro. “¿Sabes lo que significa esto?”, Dijo Jixil en una voz que temblaba.
Los labios de Kezzig se curvaron en un tono sombrío que reveló casi todos sus dentados dientes amarillos. Apretó una mano en un puño y la golpeó con fuerza en la palma de la otra.
“Significa”, dijo, “logramos eliminar la competencia”.

Sylvanas Brisaveloz, ex forestal general de Lunargenta, la Dama Oscura de los Renegados y actual jefa de guerra de la poderosa Horda, le molestaba que le dijeran que fuera a Orgrimmar, como un perro que necesita realizar todos sus trucos. Ella había querido regresar a Undercity. Echaba de menos sus sombras, su humedad, su tranquila quietud. Descansa en paz, pensó sombríamente, y tuvo que reprimir una sonrisa. Se desvaneció casi de inmediato mientras continuaba paseando con impaciencia en la pequeña cámara detrás del trono del jefe de guerra en Grommash Hold.
Hace unos años, Garrosh Grito Infernal había presionado para tener una celebración masiva en Ogrimmar para conmemorar el final de la campaña de Rasganorte. Él no era jefe de guerra, entonces no. Hubo un desfile de todos los veteranos que deseaban participar, su camino sembrado de ramas importadas de pino, y un banquete gigante les esperaba al final de la ruta. Los premios se habían distribuido, y las posadas de la ciudad se abrieron sin límites a aquellos que habían luchado por la Horda.
Había sido extravagante y costoso, y Sylvanas inicialmente no tenía intención de seguir los pasos de Grito Infernal no solo en esta situación, sino en cualquier otra. Él había sido arrogante, brutal, impulsivo. Sylvanas le había detestado y había conpirado sin éxito en secreto, por desgracia, para matarlo, incluso después de haber sido detenido y acusado de crímenes de guerra. Su decisión de atacar a Theramore con una devastadora bomba de maná tuvo las carreras más suaves luchando con sus conciencias. Lo único que le había preocupado a Sylvanas había sido el tiempo del orco.
Cuando al menos, inevitablemente, Garrosh había sido asesinado, Sylvanas estaba contenta, aunque todavía guardaba pesar de que no hubiera sido ella quien le quitara la vida.
Alto señor supremo Colmillosauro, el líder de los orcos, y Baine Pezuña de Sangre, jefe de los tauren, tampoco habían querido a Garrosh. Pero habían empujado a Sylvanas a hacer una aparición y al menos a algún tipo de gesto para marcar el final de esta guerra. Los valientes miembros de esta Horda que dirigiste lucharon y murieron para asegurarse de que la Legión no destruyera este mundo, como lo había hecho con tantos otros, el tauren joven había entonado. Había estado a un paso de reprendirla abiertamente.
Sylvanas recordó la advertencia levemente velada de Colmillosauro … ¿Amenaza? Usted es el líder de toda la Horda-orcos, tauren, trolls, elfos de sangre, goblins, así como los Renegados. Nunca debes olvidar eso, o si no ellos podrían.
Lo que no olvidaré, orc, ella pensó, ira levantándose en ella de nuevo, son esas palabras.
Hizo una pausa, sus agudas orejas captaron el sonido de unos pasos familiares. La piel curtida que servía como un guiño a la privacidad fue apartada, y el recién llegado entró.
“Llegas tarde”. Otro cuarto de hora y me habría obligado a montar sin mi campeón a mi lado “.
Él hizo una reverencia. “Perdóname, mi reina. He estado a cargo de su negocio, y tardó más de lo esperado “.
Ella estaba desarmada, pero llevaba un arco y llevaba un carcaj lleno de flechas. El único ser humano que se convirtió en forestal fue un tirador superlativo. Era una de las razones por las que era el mejor guardaespaldas que Sylvanas podría tener. También había otras razones, razones que tenían sus raíces en el pasado distante, cuando las dos se habían conectado bajo un sol brillante y hermoso, y habían luchado por cosas brillantes y bellas.
La muerte los había reclamado a ambos, humanos y elfos por igual. Poco ahora era brillante y hermoso, y gran parte de ese pasado que habían compartido se había vuelto borroso y borroso.
Pero no todo.
Mientras Sylvanas había dejado atrás la mayoría de las emociones más cálidas en el momento en que había resucitado de la muerte como una alma en pena, la ira de alguna manera había retenido su calor. Pero, ella sintió que se derritió ahora. Ella nunca podría estar enojada con Nathanos Marris, conocido ahora como “Clamañublo”, por mucho tiempo. Y él realmente había estado en su negocio, visitando Entrañas, mientras que ella había sido cargada con deberes que la mantenían aquí en Orgrimmar.
Ella quería alcanzar su mano, pero se contentó con sonreírle benévolamente. “Estás perdonado”, dijo ella. “Ahora. Cuéntame de nuestro hogar “.
Sylvanas esperaba un breve recitado de preocupaciones modestas, una reafirmación de la lealtad de los Renegados a su Dama Oscura. En cambio, Nathanos frunció el ceño. “La situación … es complicada, mi reina”.
Su sonrisa se desvaneció. ¿Qué podría ser “complicado” al respecto? Entrañas pertenecía a los Renegados, y ellos eran su gente.
“Su presencia ha sido profundamente extrañada”, dijo. “Aunque muchos están orgullosos de eso, por fin, la Horda tiene a un Renegado como su jefe de guerra, hay otros que sienten que quizás se han olvidado de aquellos que le han sido más leales que cualquier otro”.
Ella rió bruscamente y sin humor. “Baine, Colmillosauro y los demás dicen que no les he prestado suficiente atención. Mi gente dice que les he estado dando demasiado. Cualquier cosa que haga, alguien objeta. ¿Cómo puede alguien gobernar así? Ella negó con la cabeza pálida. “Una maldición sobre Vol’jin y su loa. Debería haberme quedado en las sombras donde podría ser efectivo sin ser interrogado “.
Donde podría hacer lo que realmente deseaba.
Ella nunca quiso esto. Realmente no. Como le había contado al trol Vol’jin antes, durante el juicio de Garrosh Grito Infernal, que se había desaprobado últimamente, a ella le gustaba su poder, su control, en el lado sutil. Pero con literalmente su último aliento, Vol’jin, el líder de la Horda, le había ordenado que hiciera lo contrario. El loa que le honró le había concedido una visión.
Debes salir de las sombras y liderar.
Debes ser Jefe de Guerra.
Vol’jin había sido alguien a quien ella respetaba, aunque chocaban ocasionalmente. Le faltaba la aspereza que tan a menudo caracterizaba el liderazgo orco. Y realmente lamentaba haber caído, y no solo por la responsabilidad que le había impuesto.
Nathanos fue lo suficientemente sabio como para no interrumpirla. Ella forzó la calma sobre sí misma. Este era Nathanos, atreviéndose a decir la verdad al poder, como siempre lo hizo. Y ella lo valoraba. “Continuar.”
“Desde su perspectiva”, resumió el oscuro forestal, “fuiste un accesorio en Entrañas. Hiciste la, m trabajaste para prolongar su existencia, eras todo para el,. Tu ascensión al jefe de guerra fue tan repentina, la amenaza tan grande e inmediata, que no dejaste a nadie atrás para cuidar de ellos.
Sylvanas asintió. Ella supuso que podría entender eso.
“Dejaste un gran agujero. Y los agujeros en el poder tienden a llenarse “.
Sus ojos rojos se abrieron de par en par. ¿Estaba hablando de un golpe? La mente de la reina retrocedió unos años después de la traición de Varimathras, un demonio que ella pensó que la obedecería. Se había unido al desgraciado ingrato Putress, un boticario abandonado que había creado una plaga contra los vivos y los no muertos, y que casi había matado a Sylvanas. Volver a tomar Entrañas había sido un esfuerzo sangriento. Pero no, incluso cuando se le ocurrió la idea, sabía que su leal campeón no estaría hablando de una manera tan casual si algo tan terrible hubiera sucedido.
Leyendo su expresión perfectamente, como tantas veces lo hacía, Nathanos se apresuró a tranquilizarla. “Todo está tranquilo allí, mi señora. Pero en ausencia de un solo líder poderoso, los habitantes de su ciudad han formado un cuerpo gobernante para atender las necesidades de la población “.
“Ah, ya veo. Una organización interina. Eso es … no irrazonable “.
“Se están llamando a sí mismos el Consejo Desolado”. De nuevo, vaciló. “Mi señora … hay rumores sobre cosas que ha hecho usted en esta guerra. Algunos de esos rumores son incluso ciertos “.
“Palabra les ha llegado de mis esfuerzos para continuar su existencia. Desafortunadamente, asumo que también les llegó la noticia de que Genn Cringris destruyó su esperanza “.
Ella había llevado su buque insignia, el Corredor del Viento, a Stormheim en las Islas Quebradas, en busca de más Val’kyr para resucitar a los caídos. Hasta ahora, era la única forma en que Sylvanas había encontrado crear más Renegados. “Casi pude esclavizar al gran Eyir. Ella me habría dado el Val’kyr por toda la eternidad. Ninguna de mi gente habría muerto de nuevo. Hizo una pausa. “Los habría salvado”.
“Esa … es la preocupación”.
“No bailes alrededor de esto, Nathanos. Habla claramente ”
“No todos ellos desean para sí mismos lo que deseas para ellos, mi reina. Muchos en el Consejo Desolado albergan profundas reservas “. Su rostro, aún el de un hombre muerto pero mejor conservado debido a un elaborado ritual que ella había ordenado realizar, se torció en una sonrisa.”Este es el peligro que creaste cuando les diste libre albedrío. No son libres de estar en desacuerdo “.
“Sus cejas pálidas se unieron en un ceño terrible. “¿Quieren la extinción, entonces?”, Gritó, la ira brillando intensamente dentro de ella. “¿Quieren estar pudriéndose en la tierra?”
“No sé lo que quieren”, respondió Nathanos, con calma. “Quieren hablar contigo, no conmigo”.
Desde fuera de la habitación llegó el golpe sordo de una lanza en el suelo de piedra. Sylvanas cerró los ojos, tratando de reunir paciencia. “Entra”, gruñó.
Uno de los guardias orcos de la bodega obedeció y se mantuvo firme, su rostro verde no se podía leer. “Jefe de guerra”, dijo, “es el momento”. Tu gente te espera “.
Tu gente. No. Su gente estaba de vuelta en Entrañas, celebrando reuniones, usando sus propios dones para ellos, su existencia y su libre albedrío, para rechazar inexplicablemente esos regalos.
“Saldré momentáneamente”, dijo Sylvanas, agregando que, en caso de que el guardia no entendiera qué había detrás de las palabras, “Déjanos”.
El orco saludó y se retiró, dejando que el colgajo de piel cayera en su lugar.
Nathanos, siempre paciente, esperó sus órdenes. Él los obedecería, ella lo sabía. Ella podría, en este momento, ordenar a un grupo de cualquier combinación de guerreros de la Horda que no sean Renegados que marchen sobre Entrañas y confisquen a los miembros de este ingrato consejo. Pero incluso mientras tenía el pensamiento satisfactorio, sabía que sería imprudente. Ella necesitaba saber más, mucho más, antes de poder actuar.
“Dejaremos este tema por ahora”, dijo. “Tengo otras cosas que deseo discutir contigo”.
“Como mi señora lo desea”, respondió Nathanos.
Salieron, listos para comenzar la marcha. Sylvanas se había ocupado de que nadie se refiriera a él como un “desfile”, por temor a que comenzaran a tener expectativas de la que Garrosh había abogado. Alto señor supremo Colmillosauro la esperaba en el área principal de la bodega. Con él, era una guardia de honor de veteranos. Sylvanas haría un recorrido por la ciudad a horcajadas sobre uno de sus huesudos caballos esqueléticos, reuniendo a diferentes razas y líderes a medida que avanzaba. A ella no le gustaba ninguno de ellos, pero Alto señor supremo Colmillosauro era alguien a quien le daba un respeto a regañadientes. Era inteligente, fuerte, fiero … y, como Baine, leal. Pero había algo en los ojos de los orcos que siempre la ponía en alerta cuando los miraba. El conocimiento de que si maltrataba demasiado mal, bien podría desafiarla, tal vez incluso oponerse a ella.
Esa mirada estaba en sus ojos ahora mientras él se adelantaba para saludarla. Él la miró fijamente para mirarla, y ni siquiera rompió el contacto visual mientras ejecutaba una breve reverencia y se hacía a un lado para dejarla pasar antes de que él hiciera cola detrás de ella.
Como todos los demás harían.
Sylvanas asintió con la cabeza mientras caminaba hacia donde su caballo la esperaba. Después de balancearse ágilmente en la silla de montar, saludó con la mano a la multitud de celebrantes que llenaban las calles de Orgrimmar. Ellos vitorearon y devolvieron el saludo, barridos por el entusiasmo del día.
Sylvanas no se engañó a sí misma que era universalmente amada. Por su parte, ella no tenía mucho interés en la Horda como un todo, aunque se tomaba grandes molestias para no dejar que sus verdaderos sentimientos se manifestaran. Ella había llevado a la Horda a una victoria aparentemente imposible, y por ahora, al menos, parecía como si sus miembros estuvieran sólidamente con ella.
Bueno.
Nathanos cabalgó a su lado, seguido por Colmillosauro y su guardia de honor. En el polvoriento camino fuera de la bodega era un grupo de elfos de sangre y Renegados que habitaban la ciudad.
Los elfos de sangre estaban todos vestidos espléndidamente con sus predecibles colores rojo y dorado. En su cabeza estaba Lor’themar theron. Se montó en un halcón de plumas rojas y se encontró con su mirada uniformemente. Amigos, una vez lo fueron. Theron había servido debajo de ella cuando era forestal general de los altos elfos. Habían sido compañeros de armas, muy parecidos a los que cabalgaban a su lado como su campeón. Pero mientras que Nathanos, una vez un humano mortal y ahora Renegado, había mantenido su inquebrantable lealtad hacia ella, Sylvanas sabía que Theron era para su gente.
Gente que solo le había gustado, una vez. Eran “como ella”, no más.
Nadie entre los líderes de las diversas razas de la Horda realmente había acogido con satisfacción su ascenso a jefa de guerra. Pero todos lo habían aceptado. Sylvanas se preguntó cuánto duraría eso. Hasta dónde podía empujarlos.
Theron inclinó la cabeza. Él serviría, al menos por el momento. No uno para los discursos, Sylvanas simplemente se inclinó y se volvió hacia el grupo de Renegados. Se pararon, pacientemente, como siempre. Al menos aquí en la ciudad capital, ellos eran su gente, no desertores de un autodenominado Consejo Desolado.
Pero ella no podía mostrar favoritismo, aquí no. Así que les dio la misma señal de asentimiento que le había dado a Lor’themar y al sin’dorei y le dio un codazo a su corcel para cruzar la puerta. Los elfos de sangre y los Renegados se alinearon, cabalgando detrás para no abarrotarla. Esa había sido su estipulación, y ella se había mantenido firme en eso.
Ella quería poder tener al menos unos momentos de privacidad. Había cosas destinadas solo para las orejas de su campeona.
“Necesitamos aumentar lo que está en los cofres de la Horda”, murmuró Sylvanas en voz baja a su campeón. “Necesitaremos los fondos”, continuó Sylvanas, “y los necesitaremos”. Saludó a una familia de orcos. Tanto el hombre como la mujer mostraban cicatrices de batalla, pero estaban sonriendo, y el niño que levantaron sobre sus cabezas para ver al jefe de guerra era regordete y de aspecto saludable.
El camino de Sylvanas a través de la ciudad la llevaría primero a través de un callejón bordeado de tiendas llamado La Calle Mayor, luego al Valle de los Honores. La Calle Mayor había sido una vez un nombre apropiado para el área, que lindaba con la pared de un cañón en una parte menos sabrosa de la ciudad antes del Cataclismo. Con ese terrible evento, La Calle Mayor, como gran parte del asediado Azeroth, había cambiado físicamente. Al igual que Sylvanas Brisaveloz, había surgido de las sombras. La luz del sol ahora iluminaba la tierra sinuosa y compacta de las calles. También surgieron establecimientos más respetables, como tiendas de ropa y tiendas de suministro de tinta.
“No estoy seguro de entender, mi reina”, dijo Nathanos. No habían tenido mucho tiempo para conversaciones privadas. La guerra había tomado todo lo que podían darle, todos los días, y la mayoría del tiempo, estaban rodeados de oídos que escuchaban. “Por supuesto, la Horda necesita fondos y sus miembros.”
“No son los miembros que me preocupan. Es el ejercito. He decidido que no lo disolveré “.
Él se giró para mirarla. “Piensan que han llegado a casa”, dijo. “¿No es este el caso?”
“Lo es, por el momento”, dijo. “Las lesiones necesitan tiempo para sanar”. Los cultivos necesitan ser plantados. Pero pronto, invocaré a los valientes luchadores de la Horda para otra batalla. El que tú y yo hemos anhelado ”
Nathanos estaba en silencio. Ella no tomó eso por desacuerdo o desaprobación. Él a menudo estaba en silencio. Que él no la presionara para obtener más detalles significaba que él entendía lo que ella quería.

Ventormenta…

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En BlizzCon nos fueron entregados un libro grapado con un par de páginas, yo personalmente pensé que era un folleto con productos para comprar o algo exclusivo en la tienda de Blizzard. Pero… ¿Cuál va siendo mi sorpresa? Es un capítulo de muestra del nuevo libro de World of Warcraft: Battle for Azeroth.

Sin duda esto pinta a que será una obra literaria que marcará la historia por mucho.

Por lo pronto, aquí dejamos la traducción directa del libro entregado en BlizzCon.

Kezzig Klackwhistle enderezó de donde había estado arrodillado por lo que pareció al menos una década, colocando sus manos grandes y verdes en la parte baja de la espalda y haciendo una mueca por el resultante cascada de COP. Se pasó la lengua por los labios secos y se giró, entrecerrando los ojos ante la cegadora luz del sol y secándose la calva con un pañuelo sudoroso. Aquí y allá había grupos de insectos apretadamente agrupados. Y por supuesto, la arena, en todas partes, y la mayor parte probablemente terminará dentro de su ropa interior. Como lo hizo ayer.
Hombre, Silithus era un lugar feo.
“¿Jixil?”, Le dijo a su compañero, que estaba analizando una roca suspendida con el Spect-o-Matic 4000.
“¿Sí?” El otro goblin miró la lectura, negó con la cabeza y volvió a intentarlo.
“Odio este lugar.”
“¿Ya sabes? ¿Huh? Habla bien de ti “. Deslumbrando a la pieza de equipo, el goblin más pequeño, squatter, lo golpeó con fuerza.
“Ja, ja, muy gracioso”, refunfuñó Kezzig. “No, lo digo en serio”.
Jixil suspiró, caminó hacia otra roca y comenzó a escanearla. “Todos odiamos este lugar, Kezzig”.
“No, realmente lo digo en serio. No estoy hecho para este ambiente. Solía ​​trabajar en Cuna del Invierno. Soy un goblin amante de la nieve, acurrucado por el fuego, holly-jolly como un goblin “.
Jixil le lanzó una mirada fulminante. “¿Qué pasó para traerte aquí, en lugar de quedarte allí, donde no me estabas molestando?”
Kezzig hizo una mueca, frotándose la parte posterior de su cuello. “La pequeña Srta. Lunnix Sprocketslip sucedió. Ver-yo estaba trabajando en su tienda de suministros para minería. Salía como guía para el visitante ocasional de nuestra acogedora pequeña aldea de Vista Eterna. Lunny y yo un poco … sí. “Sonrió nostálgicamente por un momento, luego frunció el ceño. “Luego se va y se le tuerce la nariz cuando me pilló merodeando por Gogo”.
“Gogo”, repitió Jixil en voz baja. “Caramba. Me pregunto por qué Lunnix se enfada contigo cuando te encuentras con una chica llamada GoGo.
“¡Lo sé! Dame un respiro. Hace frío allí arriba. Un hombre tiene que acurrucarse junto al fuego de vez en cuando o se congelará, ¿verdad? De todos modos, ese lugar de repente se puso más caliente que aquí al mediodía “.
Suspirando, Kezzig recogió el enorme paquete de equipo, lo colgó fácilmente sobre sus hombros, y lo arrastró hasta donde Jixil aún esperaba resultados positivos. Dejó caer el bulto a la tierra, y se escuchó el sonido de equipos delicados que chocaban peligrosamente uno contra el otro.
“Odio la arena”, continuó. “Odio el sol. Y oh chico, realmente odio los errores. Odio los bichitos, porque les gusta arrastrarte por las orejas y por la nariz. Odio los grandes errores porque, bueno, son grandes errores. Quiero decir, ¿quién no odia eso? Es una especie de odio universal. Pero mi odio particular arde con la luz de mil soles “.
“Pensé que odiabas los soles”.
“Lo hago, pero yo-”
Jixil de repente se puso rígido. Sus ojos magenta se agrandaron mientras miraba su Spect-o-Matic.
“Lo que quise decir fue-”
“¡Cállate, idiota!” Espetó Jixil. Ahora Kezzig estaba mirando el instrumento también.
Se estaba volviendo loco.
Su pequeña aguja volteó hacia adelante y hacia atrás. La pequeña luz y la parte superior mostraban un rojo urgente y emocionado.
Los dos goblins se miraron el uno al otro. “¿Sabes lo que significa esto?”, Dijo Jixil en una voz que temblaba.
Los labios de Kezzig se curvaron en un tono sombrío que reveló casi todos sus dentados dientes amarillos. Apretó una mano en un puño y la golpeó con fuerza en la palma de la otra.
“Significa”, dijo, “logramos eliminar la competencia”.

Sylvanas Brisaveloz, ex forestal general de Lunargenta, la Dama Oscura de los Renegados y actual jefa de guerra de la poderosa Horda, le molestaba que le dijeran que fuera a Orgrimmar, como un perro que necesita realizar todos sus trucos. Ella había querido regresar a Undercity. Echaba de menos sus sombras, su humedad, su tranquila quietud. Descansa en paz, pensó sombríamente, y tuvo que reprimir una sonrisa. Se desvaneció casi de inmediato mientras continuaba paseando con impaciencia en la pequeña cámara detrás del trono del jefe de guerra en Grommash Hold.
Hace unos años, Garrosh Grito Infernal había presionado para tener una celebración masiva en Ogrimmar para conmemorar el final de la campaña de Rasganorte. Él no era jefe de guerra, entonces no. Hubo un desfile de todos los veteranos que deseaban participar, su camino sembrado de ramas importadas de pino, y un banquete gigante les esperaba al final de la ruta. Los premios se habían distribuido, y las posadas de la ciudad se abrieron sin límites a aquellos que habían luchado por la Horda.
Había sido extravagante y costoso, y Sylvanas inicialmente no tenía intención de seguir los pasos de Grito Infernal no solo en esta situación, sino en cualquier otra. Él había sido arrogante, brutal, impulsivo. Sylvanas le había detestado y había conpirado sin éxito en secreto, por desgracia, para matarlo, incluso después de haber sido detenido y acusado de crímenes de guerra. Su decisión de atacar a Theramore con una devastadora bomba de maná tuvo las carreras más suaves luchando con sus conciencias. Lo único que le había preocupado a Sylvanas había sido el tiempo del orco.
Cuando al menos, inevitablemente, Garrosh había sido asesinado, Sylvanas estaba contenta, aunque todavía guardaba pesar de que no hubiera sido ella quien le quitara la vida.
Alto señor supremo Colmillosauro, el líder de los orcos, y Baine Pezuña de Sangre, jefe de los tauren, tampoco habían querido a Garrosh. Pero habían empujado a Sylvanas a hacer una aparición y al menos a algún tipo de gesto para marcar el final de esta guerra. Los valientes miembros de esta Horda que dirigiste lucharon y murieron para asegurarse de que la Legión no destruyera este mundo, como lo había hecho con tantos otros, el tauren joven había entonado. Había estado a un paso de reprendirla abiertamente.
Sylvanas recordó la advertencia levemente velada de Colmillosauro … ¿Amenaza? Usted es el líder de toda la Horda-orcos, tauren, trolls, elfos de sangre, goblins, así como los Renegados. Nunca debes olvidar eso, o si no ellos podrían.
Lo que no olvidaré, orc, ella pensó, ira levantándose en ella de nuevo, son esas palabras.
Hizo una pausa, sus agudas orejas captaron el sonido de unos pasos familiares. La piel curtida que servía como un guiño a la privacidad fue apartada, y el recién llegado entró.
“Llegas tarde”. Otro cuarto de hora y me habría obligado a montar sin mi campeón a mi lado “.
Él hizo una reverencia. “Perdóname, mi reina. He estado a cargo de su negocio, y tardó más de lo esperado “.
Ella estaba desarmada, pero llevaba un arco y llevaba un carcaj lleno de flechas. El único ser humano que se convirtió en forestal fue un tirador superlativo. Era una de las razones por las que era el mejor guardaespaldas que Sylvanas podría tener. También había otras razones, razones que tenían sus raíces en el pasado distante, cuando las dos se habían conectado bajo un sol brillante y hermoso, y habían luchado por cosas brillantes y bellas.
La muerte los había reclamado a ambos, humanos y elfos por igual. Poco ahora era brillante y hermoso, y gran parte de ese pasado que habían compartido se había vuelto borroso y borroso.
Pero no todo.
Mientras Sylvanas había dejado atrás la mayoría de las emociones más cálidas en el momento en que había resucitado de la muerte como una alma en pena, la ira de alguna manera había retenido su calor. Pero, ella sintió que se derritió ahora. Ella nunca podría estar enojada con Nathanos Marris, conocido ahora como “Clamañublo”, por mucho tiempo. Y él realmente había estado en su negocio, visitando Entrañas, mientras que ella había sido cargada con deberes que la mantenían aquí en Orgrimmar.
Ella quería alcanzar su mano, pero se contentó con sonreírle benévolamente. “Estás perdonado”, dijo ella. “Ahora. Cuéntame de nuestro hogar “.
Sylvanas esperaba un breve recitado de preocupaciones modestas, una reafirmación de la lealtad de los Renegados a su Dama Oscura. En cambio, Nathanos frunció el ceño. “La situación … es complicada, mi reina”.
Su sonrisa se desvaneció. ¿Qué podría ser “complicado” al respecto? Entrañas pertenecía a los Renegados, y ellos eran su gente.
“Su presencia ha sido profundamente extrañada”, dijo. “Aunque muchos están orgullosos de eso, por fin, la Horda tiene a un Renegado como su jefe de guerra, hay otros que sienten que quizás se han olvidado de aquellos que le han sido más leales que cualquier otro”.
Ella rió bruscamente y sin humor. “Baine, Colmillosauro y los demás dicen que no les he prestado suficiente atención. Mi gente dice que les he estado dando demasiado. Cualquier cosa que haga, alguien objeta. ¿Cómo puede alguien gobernar así? Ella negó con la cabeza pálida. “Una maldición sobre Vol’jin y su loa. Debería haberme quedado en las sombras donde podría ser efectivo sin ser interrogado “.
Donde podría hacer lo que realmente deseaba.
Ella nunca quiso esto. Realmente no. Como le había contado al trol Vol’jin antes, durante el juicio de Garrosh Grito Infernal, que se había desaprobado últimamente, a ella le gustaba su poder, su control, en el lado sutil. Pero con literalmente su último aliento, Vol’jin, el líder de la Horda, le había ordenado que hiciera lo contrario. El loa que le honró le había concedido una visión.
Debes salir de las sombras y liderar.
Debes ser Jefe de Guerra.
Vol’jin había sido alguien a quien ella respetaba, aunque chocaban ocasionalmente. Le faltaba la aspereza que tan a menudo caracterizaba el liderazgo orco. Y realmente lamentaba haber caído, y no solo por la responsabilidad que le había impuesto.
Nathanos fue lo suficientemente sabio como para no interrumpirla. Ella forzó la calma sobre sí misma. Este era Nathanos, atreviéndose a decir la verdad al poder, como siempre lo hizo. Y ella lo valoraba. “Continuar.”
“Desde su perspectiva”, resumió el oscuro forestal, “fuiste un accesorio en Entrañas. Hiciste la, m trabajaste para prolongar su existencia, eras todo para el,. Tu ascensión al jefe de guerra fue tan repentina, la amenaza tan grande e inmediata, que no dejaste a nadie atrás para cuidar de ellos.
Sylvanas asintió. Ella supuso que podría entender eso.
“Dejaste un gran agujero. Y los agujeros en el poder tienden a llenarse “.
Sus ojos rojos se abrieron de par en par. ¿Estaba hablando de un golpe? La mente de la reina retrocedió unos años después de la traición de Varimathras, un demonio que ella pensó que la obedecería. Se había unido al desgraciado ingrato Putress, un boticario abandonado que había creado una plaga contra los vivos y los no muertos, y que casi había matado a Sylvanas. Volver a tomar Entrañas había sido un esfuerzo sangriento. Pero no, incluso cuando se le ocurrió la idea, sabía que su leal campeón no estaría hablando de una manera tan casual si algo tan terrible hubiera sucedido.
Leyendo su expresión perfectamente, como tantas veces lo hacía, Nathanos se apresuró a tranquilizarla. “Todo está tranquilo allí, mi señora. Pero en ausencia de un solo líder poderoso, los habitantes de su ciudad han formado un cuerpo gobernante para atender las necesidades de la población “.
“Ah, ya veo. Una organización interina. Eso es … no irrazonable “.
“Se están llamando a sí mismos el Consejo Desolado”. De nuevo, vaciló. “Mi señora … hay rumores sobre cosas que ha hecho usted en esta guerra. Algunos de esos rumores son incluso ciertos “.
“Palabra les ha llegado de mis esfuerzos para continuar su existencia. Desafortunadamente, asumo que también les llegó la noticia de que Genn Cringris destruyó su esperanza “.
Ella había llevado su buque insignia, el Corredor del Viento, a Stormheim en las Islas Quebradas, en busca de más Val’kyr para resucitar a los caídos. Hasta ahora, era la única forma en que Sylvanas había encontrado crear más Renegados. “Casi pude esclavizar al gran Eyir. Ella me habría dado el Val’kyr por toda la eternidad. Ninguna de mi gente habría muerto de nuevo. Hizo una pausa. “Los habría salvado”.
“Esa … es la preocupación”.
“No bailes alrededor de esto, Nathanos. Habla claramente ”
“No todos ellos desean para sí mismos lo que deseas para ellos, mi reina. Muchos en el Consejo Desolado albergan profundas reservas “. Su rostro, aún el de un hombre muerto pero mejor conservado debido a un elaborado ritual que ella había ordenado realizar, se torció en una sonrisa.”Este es el peligro que creaste cuando les diste libre albedrío. No son libres de estar en desacuerdo “.
“Sus cejas pálidas se unieron en un ceño terrible. “¿Quieren la extinción, entonces?”, Gritó, la ira brillando intensamente dentro de ella. “¿Quieren estar pudriéndose en la tierra?”
“No sé lo que quieren”, respondió Nathanos, con calma. “Quieren hablar contigo, no conmigo”.
Desde fuera de la habitación llegó el golpe sordo de una lanza en el suelo de piedra. Sylvanas cerró los ojos, tratando de reunir paciencia. “Entra”, gruñó.
Uno de los guardias orcos de la bodega obedeció y se mantuvo firme, su rostro verde no se podía leer. “Jefe de guerra”, dijo, “es el momento”. Tu gente te espera “.
Tu gente. No. Su gente estaba de vuelta en Entrañas, celebrando reuniones, usando sus propios dones para ellos, su existencia y su libre albedrío, para rechazar inexplicablemente esos regalos.
“Saldré momentáneamente”, dijo Sylvanas, agregando que, en caso de que el guardia no entendiera qué había detrás de las palabras, “Déjanos”.
El orco saludó y se retiró, dejando que el colgajo de piel cayera en su lugar.
Nathanos, siempre paciente, esperó sus órdenes. Él los obedecería, ella lo sabía. Ella podría, en este momento, ordenar a un grupo de cualquier combinación de guerreros de la Horda que no sean Renegados que marchen sobre Entrañas y confisquen a los miembros de este ingrato consejo. Pero incluso mientras tenía el pensamiento satisfactorio, sabía que sería imprudente. Ella necesitaba saber más, mucho más, antes de poder actuar.
“Dejaremos este tema por ahora”, dijo. “Tengo otras cosas que deseo discutir contigo”.
“Como mi señora lo desea”, respondió Nathanos.
Salieron, listos para comenzar la marcha. Sylvanas se había ocupado de que nadie se refiriera a él como un “desfile”, por temor a que comenzaran a tener expectativas de la que Garrosh había abogado. Alto señor supremo Colmillosauro la esperaba en el área principal de la bodega. Con él, era una guardia de honor de veteranos. Sylvanas haría un recorrido por la ciudad a horcajadas sobre uno de sus huesudos caballos esqueléticos, reuniendo a diferentes razas y líderes a medida que avanzaba. A ella no le gustaba ninguno de ellos, pero Alto señor supremo Colmillosauro era alguien a quien le daba un respeto a regañadientes. Era inteligente, fuerte, fiero … y, como Baine, leal. Pero había algo en los ojos de los orcos que siempre la ponía en alerta cuando los miraba. El conocimiento de que si maltrataba demasiado mal, bien podría desafiarla, tal vez incluso oponerse a ella.
Esa mirada estaba en sus ojos ahora mientras él se adelantaba para saludarla. Él la miró fijamente para mirarla, y ni siquiera rompió el contacto visual mientras ejecutaba una breve reverencia y se hacía a un lado para dejarla pasar antes de que él hiciera cola detrás de ella.
Como todos los demás harían.
Sylvanas asintió con la cabeza mientras caminaba hacia donde su caballo la esperaba. Después de balancearse ágilmente en la silla de montar, saludó con la mano a la multitud de celebrantes que llenaban las calles de Orgrimmar. Ellos vitorearon y devolvieron el saludo, barridos por el entusiasmo del día.
Sylvanas no se engañó a sí misma que era universalmente amada. Por su parte, ella no tenía mucho interés en la Horda como un todo, aunque se tomaba grandes molestias para no dejar que sus verdaderos sentimientos se manifestaran. Ella había llevado a la Horda a una victoria aparentemente imposible, y por ahora, al menos, parecía como si sus miembros estuvieran sólidamente con ella.
Bueno.
Nathanos cabalgó a su lado, seguido por Colmillosauro y su guardia de honor. En el polvoriento camino fuera de la bodega era un grupo de elfos de sangre y Renegados que habitaban la ciudad.
Los elfos de sangre estaban todos vestidos espléndidamente con sus predecibles colores rojo y dorado. En su cabeza estaba Lor’themar theron. Se montó en un halcón de plumas rojas y se encontró con su mirada uniformemente. Amigos, una vez lo fueron. Theron había servido debajo de ella cuando era forestal general de los altos elfos. Habían sido compañeros de armas, muy parecidos a los que cabalgaban a su lado como su campeón. Pero mientras que Nathanos, una vez un humano mortal y ahora Renegado, había mantenido su inquebrantable lealtad hacia ella, Sylvanas sabía que Theron era para su gente.
Gente que solo le había gustado, una vez. Eran “como ella”, no más.
Nadie entre los líderes de las diversas razas de la Horda realmente había acogido con satisfacción su ascenso a jefa de guerra. Pero todos lo habían aceptado. Sylvanas se preguntó cuánto duraría eso. Hasta dónde podía empujarlos.
Theron inclinó la cabeza. Él serviría, al menos por el momento. No uno para los discursos, Sylvanas simplemente se inclinó y se volvió hacia el grupo de Renegados. Se pararon, pacientemente, como siempre. Al menos aquí en la ciudad capital, ellos eran su gente, no desertores de un autodenominado Consejo Desolado.
Pero ella no podía mostrar favoritismo, aquí no. Así que les dio la misma señal de asentimiento que le había dado a Lor’themar y al sin’dorei y le dio un codazo a su corcel para cruzar la puerta. Los elfos de sangre y los Renegados se alinearon, cabalgando detrás para no abarrotarla. Esa había sido su estipulación, y ella se había mantenido firme en eso.
Ella quería poder tener al menos unos momentos de privacidad. Había cosas destinadas solo para las orejas de su campeona.
“Necesitamos aumentar lo que está en los cofres de la Horda”, murmuró Sylvanas en voz baja a su campeón. “Necesitaremos los fondos”, continuó Sylvanas, “y los necesitaremos”. Saludó a una familia de orcos. Tanto el hombre como la mujer mostraban cicatrices de batalla, pero estaban sonriendo, y el niño que levantaron sobre sus cabezas para ver al jefe de guerra era regordete y de aspecto saludable.
El camino de Sylvanas a través de la ciudad la llevaría primero a través de un callejón bordeado de tiendas llamado La Calle Mayor, luego al Valle de los Honores. La Calle Mayor había sido una vez un nombre apropiado para el área, que lindaba con la pared de un cañón en una parte menos sabrosa de la ciudad antes del Cataclismo. Con ese terrible evento, La Calle Mayor, como gran parte del asediado Azeroth, había cambiado físicamente. Al igual que Sylvanas Brisaveloz, había surgido de las sombras. La luz del sol ahora iluminaba la tierra sinuosa y compacta de las calles. También surgieron establecimientos más respetables, como tiendas de ropa y tiendas de suministro de tinta.
“No estoy seguro de entender, mi reina”, dijo Nathanos. No habían tenido mucho tiempo para conversaciones privadas. La guerra había tomado todo lo que podían darle, todos los días, y la mayoría del tiempo, estaban rodeados de oídos que escuchaban. “Por supuesto, la Horda necesita fondos y sus miembros.”
“No son los miembros que me preocupan. Es el ejercito. He decidido que no lo disolveré “.
Él se giró para mirarla. “Piensan que han llegado a casa”, dijo. “¿No es este el caso?”
“Lo es, por el momento”, dijo. “Las lesiones necesitan tiempo para sanar”. Los cultivos necesitan ser plantados. Pero pronto, invocaré a los valientes luchadores de la Horda para otra batalla. El que tú y yo hemos anhelado ”
Nathanos estaba en silencio. Ella no tomó eso por desacuerdo o desaprobación. Él a menudo estaba en silencio. Que él no la presionara para obtener más detalles significaba que él entendía lo que ella quería.

Ventormenta…

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